Siempre es grato cuando,
en uno de esos días de verano en que duermes con la ventana
entreabierta, un disco cuya existencia desconocías hasta
el momento se desliza silenciosamente al interior de tu habitación.
Muchas personas intentarían
expulsarlo de su solitario refugio con las más diversas estratagemas,
otras se limitarían a ignorarlo, pero a mí siempre
me ha gustado tratar con un mimo especial a todos los visitantes
de mi madriguera, intentar agasajarlos y posteriormente tratar de
conocerlos.
Lo bonito de esta situación
es que, en muchas ocasiones, ese disco, que un día fue un
completo desconocido para ti, pasa a convertirse, cuando por fin
consigues conocerlo y descubres las peculiaridades albergadas en
su interior, en una más que agradable compañía.
Desde el fulgurante inicio
que supone “Bad Luck”, un chispeante tema que, impulsado
por el gratificante sonido de un banjo, conquista con su negativo
estribillo, hasta un tramo final en el que “Rum Tobacco”,
la composición más sobrecogedora del disco, termina
por convencer a los más escépticos, nos encontramos
con una obra que, desde la más pura cotidianeidad, engancha
al oyente para no soltarle nunca más.
Es “Alone At The
Microphone” un álbum lleno, ante todo, de grandes canciones,
desarrolladas desde una concepción realmente pop, pero posteriormente
conducidas por la banda liderada por Aaron Riches a un terreno totalmente
deudor del folk-rock norteamericano.
Armados con instrumentos
tan característicos de la Norteamérica más
profunda como banjos, mandolinas o armónicas nos sirven,
en este su segundo disco, composiciones tan rotundas como la inspiradísima
“Spacy Basement” o la suculenta “Dank Is The Air
Of Death And Loathing”, las cuales no tienen nada que envidiar
a las de los que, con toda seguridad, sean sus referentes, los más
que merecidamente respetados Smog, Will Oldham o Songs:Ohia.
El
segundo disco de Royal City pide a gritos un poco de atención,
os aseguro que la merece.