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THE FIERY FURNACES - GALLOWSBIRD'S BARK
(Rough Trade – Sinnamon Records, 2003)

Nueva banda norteamericana, en este caso de Brooklyn, compuesta por hermanos influenciados por el blues. No parece un mal titular teniendo en cuenta el auge que viven en la actualidad las bandas compuestas por hermanos o, más todavía, con centro de operaciones en la ciudad de Nueva York.

Sin embargo, las coincidencias acaban ahí, The Fiery Furnaces no parecen querer explotar su rol familiar en demasía y, su música, no resulta fácilmente encasillable bajo ninguna de las etiquetas imperantes en la actualidad.

Ya desde los primeros segundos de “Gallowsbird’s Bark”, en los que la sensación que nos impregna es la de vernos inmersos en un universo caótico, surrealista e imprevisible, cercano, en la circense maraña generada por los teclados, al de Gorky’s Zygotic Mynci, pero influenciado en su cadencia por un blues sucio y crudo, The Fiery Furnaces se muestran originales, lejos de tendencias y con la seguridad que confiere ser propietario de una personalidad propia heredera de estilos tan dispersos como el punk, el cabaret, el folk, el garage o el propio blues.

Los hermanos Friedberger dejan patente, a lo largo de las catorce composiciones que dan forma al disco, su habilidad para elaborar canciones con tanto gancho como “Asthma Attack”. Reforzados en la garantía que supone tener como seña de identidad la poderosa voz de Eleanor – entre lo emocional de la garganta de Patti Smith y la intensidad de la de la germana Ute Lemper – y guarecidos bajo unos originales y saltarines teclados y una guitarra cuyas cuerdas tan pronto suenan a blues como a garage.

La música de los hornos ardientes es como uno de esos puestos de feria en los que, tras tirar del extremo de una cuerda, puedes hacerte con un premio seguro aunque, normalmente, decepcionante, sin embargo, da la impresión de que en la caseta de los hermanos Friedberger todos los regalos son sorprendentes y estimulantes. Jueguen y ganen.

   

SCOUT NIBLETT – I AM
(Too Pure – Everlasting, 2003)

Esta muchacha de dudosa capacidad artística y mucho, mucho descaro, ha conseguido ocupar páginas de todo el mundo con un álbum que no se sabe si dan ganas de saltar o de salir corriendo.

A primera vista, de “I Am” puede decirse que es la unión de baterías repetitivas que taladran lo más profundo del cerebro por su simplicidad, versos cantados con una desgana insólita y guitarras que se centran en riffs a medio camino entre el punk y un rock nada elegante. Pues la elegancia, precisamente, no estará entre la lista de cualidades de esta señorita que parece, más bien, hecha para un motel de carretera.

Y es justamente lo CUTRE (en mayúsculas, sí) de este álbum y, sobre todo, de la actitud de esta aficionada a las pelucas, lo que hace que el disco resulte conmovedor y sacuda desde el principio hasta el fin de sus agitadas trece canciones.

En ocasiones dan ganas de emparentarla con el folk y, en otras, parece decantarse pon el punk (para ello, no hay más que escuchar “I’ll Be A Prince (Shhh)”, muestra de las dos facetas de Mrs. Niblett), sin embargo, resulta ajena a modas porque, desde luego, a esta tía no parece que haya algo que le importe en exceso.

Especialmente inspirada en “No-ones Wrong”, “Until Death” o “Drummer Boy”, donde suena más sucia que nunca, por momentos, incluso dan ganas de pensar que es capaz de construir verdaderos hits para la anti-escena (“12 Miles”, “I Am”).

Scout Niblett, no cabe duda, es una Chan Marshall mucho más punk, una Patti Smith totalmente despiadada y la PJ Harvey de antes, aunque mucho más excéntrica. Casi nada.

   

LOU ANNE - DAYS WERE HOLES
(Jabalina Música, 2004)

Gracias a cuatro maquetas, dos como Penélope Glamour y, otras tantas ya bajo el alias actual, con las que las bondades de Lou Anne fueron pasando de boca en boca cuan reguero de pólvora, el cuarteto murciano nos entrega ahora “Days Were Holes”, un disco que, no por más esperado, ha terminado por resultar menos suculento al paladar.

Deliciosamente empapados de la ternura de los Yo La Tengo más edulcorados, pero sin quedarse embelesados observando las maravillas construidas por Ira Kaplan y compañía, Lou Anne recurren a las mismas influencias abanderadas por los de Hoboken, desde The Velvet Underground a The Byrds, pasando por Sonic Youth o Galaxie 500, para entregar un trabajo eminentemente pop y delicadamente rabioso, en el que las guitarras siempre aparecen desbocadas, pero nunca fuera de control.

Compuesto por once canciones, cuatro de ellas rescatadas de su etapa maquetera (“You Came In”, “Stereo”, “Weep My Eyes” y “Breething Here To Stay”) y el resto de nueva factura, en “Days Were Holes”, Lou Anne elaboran traviesas melodías revestidas con idílicos juegos vocales y, al mismo tiempo, tratan de corromperlas con guitarras y teclados desde una perspectiva entre psicodélica y shoegazer.

Meticulosamente cuidado hasta el más mínimo detalle, “Days Were Holes” gana puntos con una estudiada disposición de sus canciones en la que, los momentos álgidos, los de una rítmica más intensa, se intercalan con refinadas composiciones de carácter planeador y atmosférico.

Lou Anne van a su tienda habitual, se hacen con un buen cargamento de fruta fresca, la introducen cuidadosamente en su experimentada batidora, añaden leche, pulsan los botones adecuados y nos sirven un delicioso batido. Sí, todos conocemos los ingredientes, pero no por ello el resultado es menos delicioso y gratificante.

   

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